L’Ametlla
de Mar es un pequeño pueblo de pescadores al sur de la demarcación de Tarragona,
en la comarca del Baix Ebre. Es una suerte de paraíso accesible, casi virgen,
donde el viajero puede sentarse a descansar o pasear en verdadera comunión con
la naturaleza sin el triste espectáculo del tocho como fondo. Una alternativa
al turismo de masas que ofrece numerosas sensaciones agradables sin tener que
ir muy lejos. El pueblo tiene 16 kilómetros de costa que recorren acantilados imponentes que refugian en su base 29 calas de
arena fina y blanca o de arena y roca de agua cristalina rodeadas de rocas y
pinares.
Bien conservado
Se
trata de uno de los lugares mejor conservado de la costa mediterránea con zonas
de interés natural protegidas como la Plana de Sant Jordi y el cabo de Santes
Creus y siete banderas azules, otorgadas por la Fundación Europea de Educación Ambiental, por el especial cuidado de sus playas y puerto.
Más que sol y playa
No todo es sol y playa en La Cala, como se conoce a la población
popularmente. Desde el Patronato Municipal de Turismo se trabaja para que los
visitantes puedan conocer sus numerosos activos. Por ejemplo, se organizan “visitas guiadas por las calles de
l'Ametlla de Mar donde se puede conocer su historia, su cultura, sus
tradiciones y sus leyendas. La ruta, que recorre lugares emblemáticos cuenta
con nueve paradas donde se explica a los participantes la fundación del pueblo
por pescadores del Grau de Valencia, las tradiciones religiosas, las leyendas
de los bandoleros... También se organizan visitas guiadas a las fortificaciones
de la Guerra Civil construidas
en el Port de l’Estany en previsión de un desembarco nacional que nunca tuvo
lugar”, explica Damià Llaó, gerente del patronato.
Paso
obligado
Otra visita de paso obligado es el puerto que hasta 1986 fue el único
de Cataluña destinado exclusivamente a la actividad pesquera. En la nave
principal, delimitada por el muelle de descarga que la separa de la dársena
deportiva, tienen lugar las diferentes actividades relacionadas con la venta
del pescado y su subasta.
Cerámica popular
La población también puede enorgullecerse de tener la mejor colección
de cerámica popular de toda Europa alojada en el Museo de Cerámica que alberga
casi 5000 piezas. Otra pieza clave del
patrimonio cultural e histórico de la población es el Castillo de Sant Jordi d'Alfama que data del
siglo XIII y que fue sede de la Orden
de Sant Jordi d'Alfama, la única estrictamente catalana de la historia.
Cocina marinera
Es evidente que la gastronomía está relacionada con
el mar. El pescado y el marisco son muy apreciados por su gusto característico,
debido a la proximidad del Delta del Ebro. Son típicos “l’arrossejat”, la "fideuada" y el "suquet de
peix calero". Aunque, igualmente, la cercanía del campo amplía la cultura
gastronómica con una miel excelente y un aceite exquisito. Y también es un pueblo goloso. Son muy conocidos los "pastissets" y los
"coraçons", de Candelera (Fiesta Mayor de l'Ametlla de Mar), aunque
el dulce calero por excelencia es la "farinosa", postre típico de
Pascua.
Senderismo y observación de aves
A los amantes del senderismo y de la observación de aves no puede
dejarles indiferentes l’Ametlla. El GR-92 a su paso por la población descubre al
senderista espacios naturales propios del ecosistema mediterráneo litoral, así
como diferentes especies de pájaros marinos, flora y vegetación propia de los
ambientes salados. En las 255
hectáreas protegidas de la plana de Sant Jordi crecen comunidades vegetales
espontáneas de gran singularidad como el lentisco, la coscoja, el palmito y el
romero. Y, como excepción en el territorio, abunda el esparto. Por lo que
respecta a las aves, se encuentran varias especies de currucas, abejarucos, perdices
y águilas perdiceras. En el Torrent del Pi aflora un acuífero en superficie que
da lugar a un estanque de aguas salobres. Entre su flora hay pinos blancos, palmitos y juncos y
cañizales. Y por lo que respecta a la fauna, hay una gran variedad de aves, reptiles, anfibios y peces.
Refugio idóneo
Su laguna es el refugio idóneo para el fartet, pez en peligro de
extinción en la península. En las desembocaduras de los torrentes de Santes Creus y de l'Estany también se
han formado estanques salobres en los que habitan diferentes especies de
pájaros y que son refugio de numerosas aves que migran para nidificar en el
Delta del Ebro. En las lagunas, también vive uno de los peces más amenazados de
la península Ibérica, el samarugo.
Fondo marino
Otro recurso importantísimo en l’Ametlla de
Mar es el fondo marino. La población alberga la pradería de posidonia más
extensa de Cataluña. Esta planta desempeña un papel básico en los ecosistemas
porque se calcula que más de 1110 especies tienen su alimento y su casa en la
pradería. Este bosque marino fija 90. 000 toneladas anuales de CO2,
cifra que equivale a ahorrar 8,5 millones de euros en la gestión de este gas
contaminante. A la vez, esta riqueza en la fauna marina es un reclamo cada vez
más poderoso para los aficionados al submarinismo.
Barcos hundidos
Como,
igualmente lo son, los doce barcos de vapor hundidos frente a la costa calera
por un submarino alemán durante la Primera Guerra Mundial, aunque hasta ahora
son pocos los que han podido fotografiarlos. Todo un reto por la dificultad del
descenso. De hecho, pese a las numerosas historias que cuentan los marineros no
fue hasta 2002 cuando dos submarinistas aficionados, Josep Lalueza y Enric
Calabuig, consiguieron sacar a la superficie las imágenes de tres de las naves
a las que los pescadores bautizaron con los nombres de El Correu, El Pixavaqué
y El Montmell.
Referente turístico
El
reclamo sereno con el que atrae l’Ametlla ha hecho que en las últimas décadas
se convierta en un referente turístico importante en la zona. Pero,
ciertamente, su encanto va mucho más allá. Son numerosos lo que llegan de paso
y hacen del pueblo su hogar. Los que dejan su ciudad y su país enamorados de La
Cala. Para descubrir el porqué nada mejor que visitarla.
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